Ayer al mediodía un grupo de manifestantes cortó la autopista del Oeste, a la altura de Moreno. A la misma hora, otra agrupación hizo lo mismo en la Panamericana. Como es de esperarse, estas interrupciones, que por estos días ya son algo cotidiano, provocaron demoras en el tráfico de hasta una hora, y la furia de los automovilistas, a la que se suma la de gran parte de la opinión pública. Es un hecho. Aún ignorando los motivos del corte, conocer quien o que esta reclamando, la mayoría de la sociedad condena y repudia estos actos bajo un mismo slogan: “Nadie tiene derecho de cortarme de derecho de transitar libremente”. Eso es lo interesante de este hecho. Se enfrentan dos derechos constitucionales: el de manifestarse en un espacio público y el de libre transito. Confieso que, por un momento, yo también creí que el enojo de miles de ciudadanos estaba basado en ese pretexto, pero hace unas semanas atrás me di cuenta que estaba equivocado...como de costumbre.
Precisamente, el sábado 2 de Octubre me disponía a tomar el tren, cuando al llegar a Rivadavia, a unas 8 cuadras de la estación Ramos Mejía, me encontré con una notable sorpresa: A lo largo y ancho de la avenida, marchaba, a paso firme, un heterogéneo y numeroso grupo de personas. Con zapatillas y calurosas mochilas en las espaldas; Algunos con bombos y redoblantes; Unos pocos con vírgenes de porcelanas al hombro, la muchedumbre avanzaba casi al unísono, como una masa compacta y uniforme. Me detuve en el medio de la calle y mire hacia ambos lados. Era como una inmensa y movediza serpiente sin cabeza, ni cola. De hecho, se trataba de la 36º Peregrinación a pie a Lujan y desde las primeras horas de la mañana hasta ultimas horas de la tarde habían cortado una de las avenidas mas importantes del país. Desde Liniers hasta Luján. Un corte de aproximadamente 58 kolómetros.
A pocas cuadras de la estación pude ver en que estado estaban las veredas. En cada portal de un edificio, en cada recoveco de una vidriera había botellas vacías, bolsas de papel, de plástico, restos de comida... los canteros de los árboles se habían convertido en pintorescos basureros. Muchos bares habían trabado sus puertas, debido a que la peregrinos ingresaba en gran numero (y no mucho respeto por mantener la higiene del lugar) en busca de algún baño. Los mas concurridos fueron de las estaciones de servicio y el Mac Donald´s. Claro, si hablamos de los mas civilizados, porque algunos prefirieron la pequeña intimidad que ofrecía el arbolito próximo. Un canillita amigo me contaba que usaron la parte posterior de su puesto como comedor y algunos como toilette. Me revelo que estaba podrido de juntar la basura que dejan, año tras año y que aunque baldee dos días enteros, el olor a meo sigue por una semana.
En el transito también fue un caos. Mi viejo tardó casi dos horas en cruzar el puente de Ciudadela, uno de los pocos accesos en kilómetros. Dos horas para pasar sobre una avenida. Prácticamente la ciudad quedó dividida en dos. Además de perder por casi un día una de sus arterias mas importantes, que en un día hábil normal circulan cientos de vehículos por minuto. Lo curioso es que aquí también chocan dos derechos: el de libre culto y el de libre transito. Pero hay una notable diferencia. A pesar de las caras de hastío de los conductores, de la evidente furia de los comerciantes, de la indignación de algunos transeúntes, nadie se queja. Nadie levanta la voz, ni condena, ni repudia, ni saca del bolsillo aquel falso pretexto: “Nadie tiene derecho de cortarme de derecho de transitar libremente”. Entonces me quedan algunos interrogantes. ¿ Acaso el problema no era la restricción de un derecho cosntitucional?, mejor dicho ¿ El problema no es coartar mi facultad de transitar libremente por donde se me cante, quedar atascado y no poder llegar a mi trabajo, hogar, etc? O sería mas sano preguntarse. ¿No será que no somos todos iguales y que realmente el "problema" no es precisamente el corte, sino el color de quien lo haga?
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